Un señor, que se parece a tantos, sujeta con fuerza una maleta azul. Ojea una cuartilla religiosa titulada Camino de la Ascensión mientras mira, cada pocos segundos, la pantalla de salidas que marca el andén de los próximos trenes.
Anuncian la apertura del acceso y rompe la cuartilla en dieciséis pedazos iguales y los junta, ordenados, en su mano derecha. Se ubica en la fila. Lleva unos pantalones azules de sastre con la raya perfectamente planchada y una chaqueta marrón. A juego, los zapatos, con cierto componente ergonómico. Parecen un regalo de cumpleaños de la hija que no tuvo nunca.
Rota la cabeza descubierta al cielo. Se ve que el Jeep de la alopecia se ha abierto un camino esférico a través de la edad hasta la mata rala y polar que lo recibe. El labio inferior sobresale ligeramente sobre el superior y lleva unas gafas metálicas latonadas. La mirada, ácida y opaca, tras ellas, denota sin pudor la falta de brillo. Parece la mezcla entre un limón y un corredor de seguros jubilado. Deposita su maleta en la cinta mecánica y se olvida de los papeles que guardaba en la mano.
Los dieciséis pedazos de la cuartilla religiosa me atacan, parece que no ha considerado la posibilidad de que alguien existiese detrás. Esquivándolos, pienso en el tren que me lleva hasta la ciudad para insectos, que algo más tendrá que ofrecerme que una religión en dos dimensiones disgregada por un señor con aparente tiempo libre.
Antes de coger el gusano veloz que me lleva donde tengo que ir, escucho el afán imperialista que caracteriza lo ferroviario últimamente: AVE, RENFE. (15:30 h, vía 2). Contesto: «Morituri te salutant.»
