Relato·Sáhara

Ilustres coleópteros

Aún no llegan a 90 los días sin arena y sigo persiguiendo escarabajos.

Plantas, en el Sáhara, pocas. Por eso me imagino que los bichillos, encargados de dar vida a lo inerte, han querido pintar ramas en la arena con sus pequeños saltos formando las estelas que se pueden ver en la foto. He aquí la explicación:

Ilustres coleópteros decretaron hace millones de años ante tribunal constituyente, que es mentira que todos los caminos lleven a Roma. El motivo que llevó a esta desmitificación social obligada fue, principalmente, que ninguno de ellos sabía qué era Roma exactamente por lo que el consejo de sabios (en esto de la democracia los escarabajos nos llevan siglos de ventaja) decidió que los caminos no tienen por qué llevar a ninguna parte y que pueden ser solo eso, caminos.

La noticia no fue muy bien aceptada por el sector conservador y algunos encapuchados intentaron dar un golpe de estado. Fue, gracias a las fuerzas revolucionarias, un intento fallido.

Poco a poco la decisión se fue aceptando y todos los escarabajos comprendieron que lo importante no es el lugar al que quieras llegar, sino cómo haces el camino.

Algunos escarabajos, los que vuelan, hacen de su casa la espiral infinita del aire; otros, los que caminan, van haciendo con su cuerpo una preciosa línea que va de la vida a la muerte y que solo borra el tiempo o las nubes. Los del Sáhara, en cambio, navegan sobre la arena dibujando enredaderas de estelas saltarinas como ramas y raíces de un árbol etéreo que entra y sale de las dunas.

La arena al final es como el agua y los escarabajos, buzos milenarios en busca de algún pez perdido que les acompañe en su camino eterno.

18402186_10211035921247339_5841222091476252556_o.jpg

 

Diario corsario·Sáhara

Vientos del Sáhara

Fue durante mi estancia en las dunas donde vi por primera vez bailar al desierto.

Tantas veces me lo había imaginado que me costó creer que lo que estaba viendo embobada era la danza de la arena. En mi cabeza había sido grácil, rápida quizá, incluso figurativa. Todo eso estaba muy lejos de la realidad. Abrí los ojos como pude y me di cuenta de que el desierto solo baila en nubes.

Hay que ser muy afortunado para verlo. Las corrientes de viento convergen y te ves envuelto en remolinos ocres. Enraízas los pies al fluido arenoso y te haces muy pequeño mientras observas como cambia el paisaje. Temes al Sáhara vivo con la fuerza de los que allí habitan y sientes las dunas libres sabiendo que la arena no es de nadie, que ningún jefe de estado puede poner allí fronteras.

Días después, tras intentar chapurrear las cuatro palabras en árabe que Lamin se había cansado de repetirme, les pregunté en inglés a los nómadas que por qué existían las tormentas de arena.

A Madani se le encendió un brillo especial en los ojos y me contestó con la voz de sus antepasados: “Mi abuelo me dijo una vez que cuando viene una tormenta de arena es porque el desierto está feliz”.

Qué afortunado el desierto. Y qué afortunada yo.