Diario corsario

El viejito de la tragaperras

– Otra moneda, vamos. Otra. Otra. Otra. Otra.

Todos los días, ya sean pares o impares, el viejito de la tragaperras del Junco alimenta máquina y monstruo al mismo tiempo.
Todos los días, ya sean pares o impares, la fauna y flora habitual del Junco le observamos expectantes.

Hoy, a 21 de agosto del 2017 a las 12:28, se ha producido un silencio inesperado y una lagrima ha caído por la cara del viejito de la tragaperras. Esa lágrima, casi nuestra, se ha seguido de un estruendo metálico. Se han alineado demencialmente todas las ruletas del mecanismo.

Día feliz, hoy.

– No, no. No necesito que me cambies las monedas, que la máquina no acepta billetes.

Todos los días, ya sean pares o impares, el viejito de la tragaperras del Junco alimenta máquina y monstruo al mismo tiempo.
Todos los días, ya sean pares o impares, la fauna y flora habitual del Junco le observamos expectantes.

Diario corsario·The Irish Song·Viajes

Irlanda, cap. 2: el aeropuerto

Hago un par de amigos durante la larga espera: Thomas, un loco escocés que viaja a Bristol a correr detrás de un queso, y Katy, una estudiante de medicina muy británica y bastante descocada. Hablamos de todo, recorremos varias veces el aeropuerto.

Son cinco horas las que se prevén de retraso en nuestro avión a causa del mal tiempo.

Mi inglés es bueno pero es pésima mi paciencia. Corren los minutos a una velocidad muy lenta y decidimos salir más allá del límite de las puertas de embarque (más lejano aún que el mismísimo fin del mundo) para preguntar a la compañía aérea cuál es el protocolo que debemos seguir. Nos dicen que volvamos a la puerta B29 para que nos den unas tarjetas con dinero suficiente para la cena. Yo, capitana del barco, dirijo a mis dos sajones tripulantes hablando, sin saber lo que pasaría después, de grandes cenas, buffets libres con violines de fondo, restaurantes japoneses y comer hasta reventar.

Pasamos de nuevo el check-in y me la juego en el control de cosas ilegales por segunda vez. Puerta de embarque, B29 en Madrid Barajas. La cola más lenta de la historia. Reparten folletos y escuchamos que vamos a poder reclamar por valor de 250 €, que es más de lo que ha costado el viaje completo.

La hora de salida eran las 21:45 y acaba saliendo el avión a las tres de la mañana. Hago un cálculo rápido y me agobio al darme cuenta de que voy a llegar a las 6 a Bristol.

Nos dan las tarjetas prometidas por el valor de nuestra copiosa cena. Resulta que con 4,50 € no nos da ni para un café del establecimiento más barato y después de 1000 leguas de viaje, nos decidimos a acampar en el Starbucks y coger una ensalada, un burrito y un brownie sin gluten para compartir con mis dos secuaces.

Thomas y yo hablamos de muchas cosas y van saliendo expresiones en nuestras lenguas respectivas. Me enseña la lista de términos y frases españolas para recordar y su traducción directa al inglés. Las tres primeras (temazo, empalmado y en bolas) sirven como resumen de las 50 sucesivas.

Vuelvo a mis historias. Leo, escribo.

Nos llaman.

Cansados, reptamos a la puerta de embarque para volar. Ya no tengo miedo. Nos hacemos una foto para el recuerdo y nos damos los teléfonos móviles. Al final ha estado bien. Sí.

Hago el vuelo dormida.

Estoy tranquila porque la luna me mira por la escotilla circular. Si la luna gravita tranquila, yo también puedo hacerlo.

No hay tiempo, no existe. Pasan horas como minutos y minutos como horas. Con esto quiero decir que me he quedado gamba en el asiento.

La luna sigue mirando y antes de que pueda darme cuenta, aterrizamos. Tal es mi noción del tiempo que no sé siquiera cuánto ha durado el vuelo.

Arrive at the airport.

Vuelvo a juntarme con mis secuaces, esta vez para despedirme. Una cosa buena del retraso.

Salgo a buscarme la vida, a cazar algún autobús despistado fuera de hora y lugar.

Diario corsario·The Irish Song·Viajes

Irlanda, Cap. 1

Los viajes no comienzan en un avión, un tren o un autobús. Empiezan siempre en una conversación estimulante, en una idea que se sale del cuadro o escuchando una buena canción y éste no iba a ser menos.

En plena crisis personal y en medio de una vida laboral incipiente y accidental -deseada por todos menos por mí- inicio la travesía que entonará la canción irlandesa por los acantilados del atlántico salvaje del oeste.

Así que cojo los vuelos de ida y vuelta y empiezan las aventuras a medio mes de hacer la maleta.

20 de mayo del 2016

Tenemos muy poco tiempo para organizarlo todo y la mejor opción acaba siendo alquilar un coche. Todo son impedimentos. Yo, que soy la más pirata de Europa, paso media semana buscando la manera de falsificar firmas y conseguir una tarjeta de crédito a nombre de Irene, mi compañera de aventuras. Suele decirse que nunca se es demasiado joven para hacer algo pero en este caso tenía la sensación de que íbamos a caer con todo lo puesto.

Relación de requisitos fundamentales para alquilar un coche y estado en el que nos encontramos nosotras:

  1. Ser mayor de 25 años: 23 (yo) y 24 (Irene)
  2. Tener más de dos años de carnet: 6 meses (yo), 5 años (Irene) (pase)
  3. Tener una tarjeta de crédito con los datos en relieve: No (yo), no imposible (Irene)

Cosas de la edad. 1/3.

A 25 de mayo encuentro una cláusula que nos permite pagarlo si la tarjeta de débito tiene los datos en relieve. 2/3. Nos la vamos a jugar.

27 de mayo del 2016: El viaje.

El tren me trae muchas ideas. Las nubes pasan rápido y me debato entre bailar o hacerle el amor al megalitismo de los dólmenes, aún invisibles, del aire vikingo. Un par de poemas del amigo Rimbaud y me quedo sopa. Dura poco, muy poco. Una siesta a velocidad supersónica.

Mi maleta pesa por encima de mis posibilidades.

Aeropuerto. Es infinito, laberíntico. Interminable. Una invención mística del mismísimo hacedor del infierno. Las paso canutas para hacer el check-in porque llevo una navaja, un camping-gaz y una harmónica, pero paso -más bien me pasan- y camino. Camino, camino, camino tanto que mis pies se rompen y mis miedos se olvidan. Quizá hagan los aeropuertos tan amplios para que la gente olvide su miedo a volar y solo se acuerde de que quiere llegar a su puerta de embarque.

Me siento en las butacas y espero a que llegue mi avión. Pero mi avión va a tardar mucho más de lo que espero en venir a recogerme.

 

Diario corsario·Sáhara

Vientos del Sáhara

Fue durante mi estancia en las dunas donde vi por primera vez bailar al desierto.

Tantas veces me lo había imaginado que me costó creer que lo que estaba viendo embobada era la danza de la arena. En mi cabeza había sido grácil, rápida quizá, incluso figurativa. Todo eso estaba muy lejos de la realidad. Abrí los ojos como pude y me di cuenta de que el desierto solo baila en nubes.

Hay que ser muy afortunado para verlo. Las corrientes de viento convergen y te ves envuelto en remolinos ocres. Enraízas los pies al fluido arenoso y te haces muy pequeño mientras observas como cambia el paisaje. Temes al Sáhara vivo con la fuerza de los que allí habitan y sientes las dunas libres sabiendo que la arena no es de nadie, que ningún jefe de estado puede poner allí fronteras.

Días después, tras intentar chapurrear las cuatro palabras en árabe que Lamin se había cansado de repetirme, les pregunté en inglés a los nómadas que por qué existían las tormentas de arena.

A Madani se le encendió un brillo especial en los ojos y me contestó con la voz de sus antepasados: “Mi abuelo me dijo una vez que cuando viene una tormenta de arena es porque el desierto está feliz”.

Qué afortunado el desierto. Y qué afortunada yo.